sábado
Taller de vanguardias
poesía vanguardista fue el tema perfecto para despacharnos con un taller de pintura... manos a la obra, queridos!
lunes
Aula
Las diez reglas para estudiantes de Corita Kent
REGLA UNO: Encuentra un lugar en el que confíes, y trata de confiar en él por un tiempo.
REGLA DOS: Deberes generales de un estudiante: saca todo lo que puedas de tu maestro; saca todo lo que puedas de tus compañeros.
REGLA TRES: Deberes generales de un maestro: saca todo lo que puedas de tus alumnos.
REGLA CUATRO: Considera todo como un experimento.
REGLA CINCO: Sé auto-disciplinado. Esto significa encontrar a alguien sabio o inteligente y elegir seguirlo. Ser disciplinado es seguir de buena manera. Ser disciplinado es seguir de mejor manera
REGLA SEIS: Nada es un error. No existe ganar o perder. Solo existe hacer.
REGLA SIETE: La única regla es trabajar. Si trabajas, esto te llevará a algo. Es la gente que hace todo el trabajo todo el tiempo la que eventualmente encuentra algo.
REGLA OCHO: No trates de crear y analizar al mismo tiempo. Son procesos diferentes.
REGLA NUEVE: Sé feliz siempre que puedas. Disfrútate. Es más ligero de lo que crees.
REGLA DIEZ: “Estamos rompiendo todas las reglas. Incluso nuestras propias reglas. ¿Y cómo hacemos eso? Dejando bastante espacio para cantidades X” (John Cage).
Pistas: Está siempre alrededor. Ven y ve a todo. Siempre ve a clases. Lee todo lo que puedas encontrar. Ve películas cuidadosamente, con frecuencia. Ahorra todo: puede resultar útil después.
Desconfío de aquellos que pretenden que estamos en decadencia, prefiero aquellos y aquellas que nos dicen que podemos construir un porvenir juntos y que nada está jugado definitivamente y que ese porvenir puede ser mejor que el presente y el pasado. En occidente hoy está muy bien visto estar desesperado, hay como una estética de la desesperación, de la falta de esperanza, y los que no están desesperados pasan por idiotas, pero yo prefiero pasar por idiota porque pienso que en la desesperanza no hay porvenir. Philippe Meirieu
Nadie que yo sepa, a excepción de los locos y maníacos, desea el triunfo permanente de la guerra, de la injusticia social, del hambre, del dolor, del miedo y de la desesperación. Y estos son los frutos inevitables, pasados, presentes y futuros de nuestra organización social. Un mejoramiento, es decir un cambio, de la condición humana, no puede partir de la consolidación de la realidad institucional de hoy. Debe fundarse en el hombre del mañana, en aquel que, esperemos, logrará realizar una relación educativa y autoeducativa verdadera. Debe fundarse en un hombre evolucionado y razonable, y sobre todo, libre.Todo depende de cómo se afronte el empeño educativo: se puede tratar de dar a la persona los medios para desarrollarse: la oportunidad de experimentar, el amor, el ejemplo, y sobre todo, la libertad. En este caso se trabaja para realizar un hombre que sea verdaderamente sí mismo, completamente, y por eso, original, independiente, autónomo, 'nuevo', capaz de hacer lo que no ha sido intentado hasta ahora. Para poder escoger esta opción, hay que tener la esperanza de que la condición humana pueda cambiar. Aún más, hay que tener fe en el mejoramiento de nuestro destino y en la posibilidad de lograrlo. O si no, se puede tratar de hacer la persona lo más parecida a un modelo existente, usando cualquier medio. En este caso se trabaja para producir seres resignados, dependientes siempre del poder, repetitivos, sin creatividad ni capacidad de invención, obedientes y pasivos. Escoger esta opción significa tener miedo que la condición humana pueda cambiar, porque cada cambio sería una puerta abierta a lo peor. Creo que sin el coraje es imposible vivir como hombres. Creo que el miedo es la peor condena del hombre, y que es inmoral verter nuestros terrores sobre las espaldas de nuestros niños, aunque sea presentado como educación. Marcello Bernardi
“La educación es un acto de amor, y por esto un acto de coraje. No puede temer al debate. No puede rehuir la discusión creadora, so pena de ser una farsa.¿Cómo se aprende a discutir y debatir con una educación que impone?”.
(Paulo Freire, La educación como práctica de libertad. pág. 88)
domingo
Creencias
¿Será así? Con bastante humor, la página cinismoilustrado.com nos muestra cómo han ido evolucionando las creencias: del Dios egipcio, al griego, a Jesús y la llegada del monoteísmo, hasta el Dios dinero. ¿Será así? Seremos recordados como la época en la que tener dinero era el mayor signo posible de estatus? Lo hablamos en clase, recuerden que el humor siempre dice un poquito de la verdad.
Edipo
En clave de humor, Quino, el historietista argentino, se mete con la predicción del oráculo y la teoría que Freud postularía muchos siglos después.
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1º A T.T.,
1º año secundario,
2º ano secundario
sábado
Mitos
Hola, acá les dejo enlaces para los mitos del Minotauro, Teseo y Ariadna. Suerte y nos vemos pronto!
Dédalo haciendo click acá
Minotauro, Teseo y Ariadna haciendo click aquí
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Orden jerárquico, de Eduardo Goligorsky
A Carlos y María Elena
Abáscal lo perdió de vista, sorpresivamente, entre las sombras de la calle solitaria. Ya era casi de madrugada, y unos jirones de niebla espesa se adherían a los portales oscuros. Sin embargo, no se inquietó. A él, a Abáscal, nunca se le había escapado nadie. Ese infeliz no sería el primero. Correcto. El Cholo reapareció en la esquina, allí donde las corrientes de aire hacían danzar remolinos de bruma. Lo alumbraba el cono de luz amarillenta de un farol.
El Cholo caminaba excesivamente erguido, tieso, con la rigidez artificial de los borrachos que tratan de disimular su condición. Y no hacía ningún esfuerzo por ocultarse. Se sentía seguro.
Abáscal había empezado a seguirlo a las ocho de la noche. Lo vio bajar, primero, al sórdido subsuelo de la Galería Güemes, de cuyas entrañas brotaba una música gangosa. Los carteles multicolores prome¬tían un espectáculo estimulante, y desgranaban los apodos exóticos de las coristas. Él también debió sumergirse, por fuerza, en la penumbra cómplice, para asistir a un monótono desfile de hembras aburridas. Las carnes fláccidas, ajadas, que los reflectores acribillaban sin piedad, bastaban, a juicio de Abáscal, para sofocar cualquier atisbo de excita¬ción. Por si eso fuera poco, un tufo en el que se mezclaban el sudor, la mugre y la felpa apolillada, impregnaba al aire rancio, adhiriéndose a la piel y las ropas.
Se preguntó qué atractivo podía encontrar el Cholo en ese lugar. Y la respuesta surgió, implacable, en el preciso momento en que terminaba de formularse el interrogante.
El Cholo se encuadraba en otra categoría humana, cuyos gustos y placeres él jamás lograría entender. Vivía en una pensión de Retiro, un conventillo, mejor dicho, compartiendo una píeza minúscula con varios comprovincianos recién llegados a la ciudad. Vestía miserablemente, íncluso cuando tenía los bolsillos bien forrados: camisa deshilachada, saco y pantalón andrajosos, mocasines trajinados y cortajeados. Era, apenas, un cuchillero sin ambiciones, o con una imagen ridícula de la ambición. Útil en su hora, pero peligroso, por lo que sabía, desde el instante en que había ejecutado su último trabajo, en una emergencia, cuando todos los expertos de confianza y responsables, como él, como Abáscal, se hallaban fuera del país. Porque últimamente las operaciones se realizaban, cada vez más, en escala internacional, y los viajes estaban a la orden del día.
Recurrir al Cholo había sido, de todos modos, una imprudencia. Con plata en el bolsillo, ese atorrante no sabía ser discreto. Abáscal lo había seguido del teatrito subterráneo a un piringundín de la 25 de Mayo, y después a otro, y a otro, y lo vio tomar todas las porquerías que le sirvieron, y manosear a las coperas, y darse importancia hablando de lo que nadie debía hablar. No mencionó nombres, afortunadamente, ni se refirió a los hechos concretos, identificables, porque si lo hubiera hecho, Abáscal, que lo vigilaba con el oído atento, desde el taburete vecino, habría tenido que rematarlo ahí nomás, a la vista de todos, con la temeridad de un principiante.
No era sensato arriesgar así una organización que tanto había costado montar, amenazando, de paso, la doble vida que él, Abáscal, un verdadero técnico, siempre había protegido con tanto celo. Es que él estaba en otra cosa, se movía en otros ambientes. Sus modelos, aquellos cuyos refinamientos procuraba copiar, los había encontrado en las recepciones de las embajadas, en los grandes casinos, en los salones de los ministerios, en las convenciones empresarias. Cuidaba, sobre todo, las aparien¬cias: ropa bien cortada, restaurantes escogidos, starlets trepadoras, licores finos, autos deportivos, vuelos en cabinas de primera clase. Por ejemplo, ya llevaba encima, mientras se deslizaba por la calle de Retiro, siguiendo al Cholo, el pasaje que lo transportaría, pocas horas más tarde, a Caracas. Lejos del cadáver del Cholo y de las suspicacias que su eliminación podría generar en algunos círculos.
En eso, el Doctor había sido terminante. Matar y esfumarse. El número del vuelo, estampado en el pasaje, ponía un límite estricto a su margen de maniobra. Lástima que el Doctor, tan exigente con él, hubiera cometido el error garrafal de contratar, en ausencia de los auténticos profesionales, a un rata como el Cholo. Ahora, como de costumbre, él tenía que jugarse el pellejo para sacarles las castañas del fuego a los demás. Aunque eso también iba a cambiar, algún día. Él apuntaba alto, muy alto, en la organización.
Abáscal deslizó la mano por la abertura del saco, en dirección al correaje que le ceñía el hombro y la axila. Al hacerlo rozó, sin querer, el cuadernillo de los pasajes. Sonrió. Luego, sus dedos encontraron las cachas estriadas de la Luger, las acariciaron, casi sensualmente, y se cerraron con fuerza, apretando la culata.
El orden jerárquico también se manifestaba en las armas. Él había visto, hacía mucho tiempo, la herramienta predilecta del Cholo. Un puñal de fabricación casera, cuya hoja se había encogido tras infinitos contac¬tos con la piedra de afilar. Dos sunchos apretaban el mango de madera, incipientemente resquebrajado y pulido por el manipuleo. Por supuesto, al Cholo había usado ese cuchillo en el último trabajo, dejando un sello peculiar, inconfundible. Otra razón para romper allí, en el eslabón más débil, la cadena que trepaba hasta cúpulas innombrables.
En cambio, la pistola de Abáscal llevaba impresa, sobre el acero azul, la nobleza de su linaje. Cuando la desarmaba, y cuando la aceitaba, prolijamente, pieza por pieza, se complacía en fantasear sobre la perso¬nalidad de sus anteriores propietarios. ¿Un gallardo "junker" prusiano, que había preferido dispararse un tiro en la sien antes que admitir la derrota en un suburbio de Leningrado? ¿O un lugarteniente del mariscal Rommel, muerto en las tórridas arenas de El Alamein? Él había comprado la Luger, justamente, en un zoco de Tánger donde los mercachifles remataban su botín de cascos de acero, cruces gamadas y otros trofeos arrebatados a la inmensidad del desierto.
Eso sí, la Luger tampoco colmaba sus ambiciones. Conocía la existen¬cia de una artillería más perfeccionada, más mortífera, cuyo manejo estaba reservado a otras instancias del orden jerárquico, hasta el punto de haberse convertido en una especie de símbolo de status. A medida que él ascendiera, como sin duda iba a ascender, también tendría acceso a ese arsenal legendario, patrimonio exclusivo de los poderosos.
Curiosamente, el orden jerárquico tenía, para Abáscal, otra cara. No se trataba sólo de la forma de matar, sino, paralelamente, de la forma de morir. Lo espantaba la posibilidad de que un arma improvisada, bastarda, como la del Cholo, le hurgara las tripas. A la vez, el chicotazo de la Luger enaltecería al Cholo, pero tampoco sería suficiente para él, para Abáscal, cuando llegara a su apogeo. La regla del juego estaba cantada y él, fatalista por convicción, la aceptaba: no iba a morir en la cama. Lo único que pedía era que, cuando le tocara el tumo, sus verdugos no fueran chapuceros y supiesen elegir instrumentos nobles.
La brusca detención de su presa, en la bocacalle siguiente, le cortó el hilo de los pensamientos. Probablemente el instinto del Cholo, afinado en los montes de Orán y en las emboscadas de un Buenos Aires traicionero, le había advertido algo. Unas pisadas demasiado persisten¬tes en la calle despoblada. Una vibración intrusa en la atmósfera. La conciencia del peligro acechante lo había ayudado a despejar la borra¬chera y giró en redondo, agazapándose. El cuchillo tajeó la bruma, haciendo firuletes, súbitamente convertido en la prolongación natural de la mano que lo empuñaba.
Abáscal terminó de desenfundar la Luger. Disparó desde una distan¬cia segura, una sola vez, y la bala perforó un orificio de bordes nítidos en la frente del Cholo.
Misión cumplida.
El tableteo de las máquinas de escribir llegaba vagamente a la oficina, venciendo la barrera de aislación acústica. Por el ventanal panorámico se divisaba un horizonte de hormigón y, más lejos, donde las moles dejaban algunos resquicios, asomaban las parcelas leonadas del Río de la Plata. El smog formaba un colchón sobre la ciudad y las aguas.
El Doctor tomó, en primer lugar, el cable fechado en Caracas que su secretaria acababa de depositar sobre el escritorio, junto a la foto de una mujer rubia, de facciones finas, aristocráticas, flanqueada, en un jardín, por dos criaturas igualmente rubias. Conocía, de antemano, el texto del cable: "Firmamos contrato". No podía ser de otra manera. La organiza¬ción funcionaba como una maquinaria bien sincronizada. En eso residía la clave del éxito.
"Firmamos contrato", leyó, efectivamente. O sea que alguien -no importaba quién- había cercenado el último cabo suelto, producto de una operación desgraciada.
Primero había sido necesario recurrir al Cholo, un malevito margi¬nado, venal, que no ofrecía ninguna garantía para el futuro. Después, lógicamente, había sido indispensable silenciar al Cholo. Y ahora el círculo acababa de cerrarse. "Firmamos contrato" significaba que Abáscal había sido recibido en el aeropuerto de Caracas, en la escalerilla misma del avión, por un proyectil de un rifle Browning calibre 30, equipado con mira telescópica Leupold M8-100. Un fusil, se dijo el Doctor, que Abáscal habría respetado y admirado, en razón de su proverbial entusias¬mo por el orden jerárquico de las armas. La liquidación en el aeropuerto, con ese rifle y no otro, era, en verdad, el método favorito de la filial Caracas, tradicionalmente partidaria de ganar tiempo y evitar sobresaltos inútiles.
Una pérdida sensible, reflexionó el Doctor, dejando caer el cable sobre el escritorio. Abáscal siempre había sido muy eficiente, pero su intervención, obligada, en ese caso, lo había condenado irremisiblemen¬te. La orden recibida de arriba había sido inapelable: no dejar rastros, ni nexos delatores. Aunque, desde luego, resultaba imposible extirpar todos, absolutamente todos, los nexos. Él, el Doctor, era, en última instancia, otro de ellos.
A continuación, el Doctor recogió el voluminoso sobre de papel manila que su secretaria le había entregado junto con el cable. El matasellos era de Nueva York, el membrete era el de la firma que servía de fachada a la organización. Habitualmente, la llegada de uno de esos sobres marcaba el comienzo de otra operación. El código para descifrar las instrucciones descansaba en el fondo de su caja fuerte.
El Doctor metió la punta del cortapapeles debajo de la solapa del sobre. La hoja se deslizó hasta tropezar, brevemente, con un obstáculo. La inercia determinó que siguiera avanzando. El Doctor comprendió que para descifrar el mensaje no necesitaría ayuda. Y le sorprendió descubrir que en ese trance no pensaba en su mujer y sus hijos, sino en Abáscal y en su culto por el orden jerárquico de las armas. Luego, la carga explosiva, activada por el tirón del cortapapeles sobre el hilo del detonador, transformó todo ese piso del edificio en un campo de escombros.
Abáscal lo perdió de vista, sorpresivamente, entre las sombras de la calle solitaria. Ya era casi de madrugada, y unos jirones de niebla espesa se adherían a los portales oscuros. Sin embargo, no se inquietó. A él, a Abáscal, nunca se le había escapado nadie. Ese infeliz no sería el primero. Correcto. El Cholo reapareció en la esquina, allí donde las corrientes de aire hacían danzar remolinos de bruma. Lo alumbraba el cono de luz amarillenta de un farol.
El Cholo caminaba excesivamente erguido, tieso, con la rigidez artificial de los borrachos que tratan de disimular su condición. Y no hacía ningún esfuerzo por ocultarse. Se sentía seguro.
Abáscal había empezado a seguirlo a las ocho de la noche. Lo vio bajar, primero, al sórdido subsuelo de la Galería Güemes, de cuyas entrañas brotaba una música gangosa. Los carteles multicolores prome¬tían un espectáculo estimulante, y desgranaban los apodos exóticos de las coristas. Él también debió sumergirse, por fuerza, en la penumbra cómplice, para asistir a un monótono desfile de hembras aburridas. Las carnes fláccidas, ajadas, que los reflectores acribillaban sin piedad, bastaban, a juicio de Abáscal, para sofocar cualquier atisbo de excita¬ción. Por si eso fuera poco, un tufo en el que se mezclaban el sudor, la mugre y la felpa apolillada, impregnaba al aire rancio, adhiriéndose a la piel y las ropas.
Se preguntó qué atractivo podía encontrar el Cholo en ese lugar. Y la respuesta surgió, implacable, en el preciso momento en que terminaba de formularse el interrogante.
El Cholo se encuadraba en otra categoría humana, cuyos gustos y placeres él jamás lograría entender. Vivía en una pensión de Retiro, un conventillo, mejor dicho, compartiendo una píeza minúscula con varios comprovincianos recién llegados a la ciudad. Vestía miserablemente, íncluso cuando tenía los bolsillos bien forrados: camisa deshilachada, saco y pantalón andrajosos, mocasines trajinados y cortajeados. Era, apenas, un cuchillero sin ambiciones, o con una imagen ridícula de la ambición. Útil en su hora, pero peligroso, por lo que sabía, desde el instante en que había ejecutado su último trabajo, en una emergencia, cuando todos los expertos de confianza y responsables, como él, como Abáscal, se hallaban fuera del país. Porque últimamente las operaciones se realizaban, cada vez más, en escala internacional, y los viajes estaban a la orden del día.
Recurrir al Cholo había sido, de todos modos, una imprudencia. Con plata en el bolsillo, ese atorrante no sabía ser discreto. Abáscal lo había seguido del teatrito subterráneo a un piringundín de la 25 de Mayo, y después a otro, y a otro, y lo vio tomar todas las porquerías que le sirvieron, y manosear a las coperas, y darse importancia hablando de lo que nadie debía hablar. No mencionó nombres, afortunadamente, ni se refirió a los hechos concretos, identificables, porque si lo hubiera hecho, Abáscal, que lo vigilaba con el oído atento, desde el taburete vecino, habría tenido que rematarlo ahí nomás, a la vista de todos, con la temeridad de un principiante.
No era sensato arriesgar así una organización que tanto había costado montar, amenazando, de paso, la doble vida que él, Abáscal, un verdadero técnico, siempre había protegido con tanto celo. Es que él estaba en otra cosa, se movía en otros ambientes. Sus modelos, aquellos cuyos refinamientos procuraba copiar, los había encontrado en las recepciones de las embajadas, en los grandes casinos, en los salones de los ministerios, en las convenciones empresarias. Cuidaba, sobre todo, las aparien¬cias: ropa bien cortada, restaurantes escogidos, starlets trepadoras, licores finos, autos deportivos, vuelos en cabinas de primera clase. Por ejemplo, ya llevaba encima, mientras se deslizaba por la calle de Retiro, siguiendo al Cholo, el pasaje que lo transportaría, pocas horas más tarde, a Caracas. Lejos del cadáver del Cholo y de las suspicacias que su eliminación podría generar en algunos círculos.
En eso, el Doctor había sido terminante. Matar y esfumarse. El número del vuelo, estampado en el pasaje, ponía un límite estricto a su margen de maniobra. Lástima que el Doctor, tan exigente con él, hubiera cometido el error garrafal de contratar, en ausencia de los auténticos profesionales, a un rata como el Cholo. Ahora, como de costumbre, él tenía que jugarse el pellejo para sacarles las castañas del fuego a los demás. Aunque eso también iba a cambiar, algún día. Él apuntaba alto, muy alto, en la organización.
Abáscal deslizó la mano por la abertura del saco, en dirección al correaje que le ceñía el hombro y la axila. Al hacerlo rozó, sin querer, el cuadernillo de los pasajes. Sonrió. Luego, sus dedos encontraron las cachas estriadas de la Luger, las acariciaron, casi sensualmente, y se cerraron con fuerza, apretando la culata.
El orden jerárquico también se manifestaba en las armas. Él había visto, hacía mucho tiempo, la herramienta predilecta del Cholo. Un puñal de fabricación casera, cuya hoja se había encogido tras infinitos contac¬tos con la piedra de afilar. Dos sunchos apretaban el mango de madera, incipientemente resquebrajado y pulido por el manipuleo. Por supuesto, al Cholo había usado ese cuchillo en el último trabajo, dejando un sello peculiar, inconfundible. Otra razón para romper allí, en el eslabón más débil, la cadena que trepaba hasta cúpulas innombrables.
En cambio, la pistola de Abáscal llevaba impresa, sobre el acero azul, la nobleza de su linaje. Cuando la desarmaba, y cuando la aceitaba, prolijamente, pieza por pieza, se complacía en fantasear sobre la perso¬nalidad de sus anteriores propietarios. ¿Un gallardo "junker" prusiano, que había preferido dispararse un tiro en la sien antes que admitir la derrota en un suburbio de Leningrado? ¿O un lugarteniente del mariscal Rommel, muerto en las tórridas arenas de El Alamein? Él había comprado la Luger, justamente, en un zoco de Tánger donde los mercachifles remataban su botín de cascos de acero, cruces gamadas y otros trofeos arrebatados a la inmensidad del desierto.
Eso sí, la Luger tampoco colmaba sus ambiciones. Conocía la existen¬cia de una artillería más perfeccionada, más mortífera, cuyo manejo estaba reservado a otras instancias del orden jerárquico, hasta el punto de haberse convertido en una especie de símbolo de status. A medida que él ascendiera, como sin duda iba a ascender, también tendría acceso a ese arsenal legendario, patrimonio exclusivo de los poderosos.
Curiosamente, el orden jerárquico tenía, para Abáscal, otra cara. No se trataba sólo de la forma de matar, sino, paralelamente, de la forma de morir. Lo espantaba la posibilidad de que un arma improvisada, bastarda, como la del Cholo, le hurgara las tripas. A la vez, el chicotazo de la Luger enaltecería al Cholo, pero tampoco sería suficiente para él, para Abáscal, cuando llegara a su apogeo. La regla del juego estaba cantada y él, fatalista por convicción, la aceptaba: no iba a morir en la cama. Lo único que pedía era que, cuando le tocara el tumo, sus verdugos no fueran chapuceros y supiesen elegir instrumentos nobles.
La brusca detención de su presa, en la bocacalle siguiente, le cortó el hilo de los pensamientos. Probablemente el instinto del Cholo, afinado en los montes de Orán y en las emboscadas de un Buenos Aires traicionero, le había advertido algo. Unas pisadas demasiado persisten¬tes en la calle despoblada. Una vibración intrusa en la atmósfera. La conciencia del peligro acechante lo había ayudado a despejar la borra¬chera y giró en redondo, agazapándose. El cuchillo tajeó la bruma, haciendo firuletes, súbitamente convertido en la prolongación natural de la mano que lo empuñaba.
Abáscal terminó de desenfundar la Luger. Disparó desde una distan¬cia segura, una sola vez, y la bala perforó un orificio de bordes nítidos en la frente del Cholo.
Misión cumplida.
El tableteo de las máquinas de escribir llegaba vagamente a la oficina, venciendo la barrera de aislación acústica. Por el ventanal panorámico se divisaba un horizonte de hormigón y, más lejos, donde las moles dejaban algunos resquicios, asomaban las parcelas leonadas del Río de la Plata. El smog formaba un colchón sobre la ciudad y las aguas.
El Doctor tomó, en primer lugar, el cable fechado en Caracas que su secretaria acababa de depositar sobre el escritorio, junto a la foto de una mujer rubia, de facciones finas, aristocráticas, flanqueada, en un jardín, por dos criaturas igualmente rubias. Conocía, de antemano, el texto del cable: "Firmamos contrato". No podía ser de otra manera. La organiza¬ción funcionaba como una maquinaria bien sincronizada. En eso residía la clave del éxito.
"Firmamos contrato", leyó, efectivamente. O sea que alguien -no importaba quién- había cercenado el último cabo suelto, producto de una operación desgraciada.
Primero había sido necesario recurrir al Cholo, un malevito margi¬nado, venal, que no ofrecía ninguna garantía para el futuro. Después, lógicamente, había sido indispensable silenciar al Cholo. Y ahora el círculo acababa de cerrarse. "Firmamos contrato" significaba que Abáscal había sido recibido en el aeropuerto de Caracas, en la escalerilla misma del avión, por un proyectil de un rifle Browning calibre 30, equipado con mira telescópica Leupold M8-100. Un fusil, se dijo el Doctor, que Abáscal habría respetado y admirado, en razón de su proverbial entusias¬mo por el orden jerárquico de las armas. La liquidación en el aeropuerto, con ese rifle y no otro, era, en verdad, el método favorito de la filial Caracas, tradicionalmente partidaria de ganar tiempo y evitar sobresaltos inútiles.
Una pérdida sensible, reflexionó el Doctor, dejando caer el cable sobre el escritorio. Abáscal siempre había sido muy eficiente, pero su intervención, obligada, en ese caso, lo había condenado irremisiblemen¬te. La orden recibida de arriba había sido inapelable: no dejar rastros, ni nexos delatores. Aunque, desde luego, resultaba imposible extirpar todos, absolutamente todos, los nexos. Él, el Doctor, era, en última instancia, otro de ellos.
A continuación, el Doctor recogió el voluminoso sobre de papel manila que su secretaria le había entregado junto con el cable. El matasellos era de Nueva York, el membrete era el de la firma que servía de fachada a la organización. Habitualmente, la llegada de uno de esos sobres marcaba el comienzo de otra operación. El código para descifrar las instrucciones descansaba en el fondo de su caja fuerte.
El Doctor metió la punta del cortapapeles debajo de la solapa del sobre. La hoja se deslizó hasta tropezar, brevemente, con un obstáculo. La inercia determinó que siguiera avanzando. El Doctor comprendió que para descifrar el mensaje no necesitaría ayuda. Y le sorprendió descubrir que en ese trance no pensaba en su mujer y sus hijos, sino en Abáscal y en su culto por el orden jerárquico de las armas. Luego, la carga explosiva, activada por el tirón del cortapapeles sobre el hilo del detonador, transformó todo ese piso del edificio en un campo de escombros.
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textos recomendados
viernes
Cuentos para la evaluación
Queridos, acá les dejo los enlaces para los cuentos que vamos a trabajar en la evaluación, recuerden que vimos cositas de teoría literaria también: finales, cuento, narradores, anacronías, etc.
La carne cliqueando aquí, Nadar de noche por acá, Cesarán las lluvias aquí y el hermoso cuento El baldío siguiendo este enlace.
Nos vemos en clase!
La carne cliqueando aquí, Nadar de noche por acá, Cesarán las lluvias aquí y el hermoso cuento El baldío siguiendo este enlace.
Nos vemos en clase!
jueves
Un jardín dentro de una botella
Gracias al compromiso de los chicos y la colaboración de los los papás y mamás, nuestra pequeña planta de la experiencia de Técnicas de estudio tiene hábitat nuevo. Gracias siempre por la buena predisposición. Acá les dejo el enlace a la nota que motivó la actividad. Empezamos analizando el texto de divulgación científica, graficando procesos y secuencias explicativas y ¡terminamos haciendo nuestro propio jardín!
viernes
Día creativo
Dale a un hombre la posibilidad de crear, y no va a desperdiciarla...
Trabajamos acerca de transmisión de ideas y conceptos desde soportes artísticos. Completamos con exposiciones orales fundamentando cada proyecto.
Trabajamos acerca de transmisión de ideas y conceptos desde soportes artísticos. Completamos con exposiciones orales fundamentando cada proyecto.
jueves
Pataleando
Pasado algún tiempo, nuestra Ranita salió con una amiga a recorrer la ciudad, aprovechando los charcos que dejara una gran lluvia. Ustedes saben que las ranitas sienten una especial alegría luego de los grandes chaparrones, y que esta alegría las induce a salir de sus refugios para recorrer mundo.
Su paseo las llevó más allá de las quintas. Al pasar frente a una chacra de las afueras, se encontraron con un gran edificio que tenía las puertas abiertas. Y llenas de curiosidad se animaron mutuamente a entrar. Era una quesería. En el centro de la gran sala había una enorme tina de leche. Desde el suelo hasta su borde, un tablón permitió a ambas ranitas, trepar hasta la gran ola, en su afán de ver cómo era la leche.
Pero calculando mal el último saltito, se fueron las dos de cabeza dentro de la tina, zambulléndose en la leche. Lamentablemente pasó lo que suele pasar siempre: caer fue una cosa fácil; salir, era el problema. Porque desde la superficie de la leche hasta el borde del recipiente, había como dos cuartas de diferencia, y aquí era imposible ponerse en vertical. El líquido no ofrecía apoyo, ni para erguirse ni para saltar.
Comenzó el pataleo. Pero luego de un rato la amiga se dio por vencida. Constató que todos los esfuerzos eran inútiles, y se tiró al fondo. Lo último que se le escuchó fue: "Glu-glu-glú", que es lo que suelen decir todos los que se dan por vencidos.
Nuestra Ranita en cambio no se rindió. Se dijo que mientras viviera seguiría pataleando. Y pataleó, pataleó y pataleó. Tanta energía y constancia puso en su esfuerzo, que finalmente logró solidificar la nata que había en la leche, y parándose sobe el pan de manteca, hizo pie y salto para afuera.
Rumiando el relato
¿De qué nos habla el relato?
¿Cuáles son los personajes principales?
¿Qué sucede en un paseo? ¿Qué dificultad/peligro encuentran?
¿Cómo reacciona cada ranita ante la situación inesperada?
¿Qué sucede al final del cuento? ¿Qué características personales positivas enseña este relato?
Descubriendo el mensaje
El cuento nos ayuda a reflexionar sobre el sentido del esfuerzo y la perseverancia.
¿Encuentras semejanzas o parecidos entre la situación que viven las ranitas y algún momento de tu vida? ¿Cuál? Compartirlo con los demás.
¿Qué diferencias observamos en la conducta de las dos ranitas? ¿Te ha sucedido alguna vez actuar como alguna de ellas? ¿En qué situación? Compartir.
¿Qué características personales positivas reconoces en la ranita que salvó su vida? ¿Conoces personas con estas características? Mencionar ejemplos y compartir.
¿De qué manera podemos crecer en esas características?
¿Qué aprendemos para nuestra vida a partir del cuento?
martes
lunes
Sueños
| En clase surgió el tema de los sueños, a través de uno de los cuentos de Borges que leímos, Historia de los dos que soñaron. Acá les dejo una breve información de un portal de psicología que retoma algunos datos interesantes. Atención: el uso de vocabulario específico los va a obligar (sí, obligar) a buscar el significado técnico de ciertos término, y no quedarse con la acepción vulgar. Hay libros de divulgación sobre interpretación de los sueños que pueden conseguir en cualquier librería si les interesa el tema. Las claves de los sueños | ||
| Cuando soñamos desvelamos lo más oculto de nuestra personalidad. Las imágenes que nos invaden no son fantasías sin sentido. Saber descifrar su significado permite descubrir qué se esconde en lo más profundo de nuestro carácter. A continuación veremos unas escenas que pueden ser habituales para algunas personas y el significado que los especialistas dan de ellas. | ||||
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| Ciertos sueños y símbolos son universales. Para algunos psiquiatras, cada uno de estos mensajes oníricos tiene una interpretación muy precisa, común a todo el mundo. Actualmente, los psicoanalistas defienden una interpretación individualizada de los sueños a través de la asociación libre de ideas. Sin embargo, hay quien propone la enumeración de sueños y significados, algunos realmente increíbles. Muerte: Soñar que alguien querido muere, no quiere decir que esto vaya a suceder en un futuro próximo. Para Freud, si lamentamos la pérdida, refleja que en algún momento de nuestra existencia hemos deseado que esa persona desapareciera de nuestra vida. Si, por el contrario, no lloramos el fallecimiento, no se considera un sueño tipo, y requiere, por tanto, una interpretación personalizada. Viajes: Algunos psicólogos aseguran que la angustia de perder el tren o un avión refleja el miedo a morir. Si, por el contrario, el durmiente conduce un coche o cualquier otro vehículo, éste simboliza su existencia. Los obstáculos que encuentra en el camino son, entonces, las dificultades con las que se encuentra la persona a lo largo de su vida. Edificios: En general representan el cuerpo físico del soñador. Si la acción se desarrolla en el interior de la casa, significa que el durmiente es consciente de que la solución del conflicto sólo está en sus manos. Correr: Refleja la necesidad de conseguir un objetivo determinado o bien el deseo de evitar un peligro. Para ciertos psicoanalistas simboliza el coito, al igual que cualquier escena en la que existan movimientos rítmicos. Niños: Sobre este símbolo los psicoanalistas no se ponen de acuerdo. Para los freudianos, representan los genitales masculinos o femeninos. Otros defienden que, cuando aparecen niños en un sueño, significa que el durmiente quiere un cambio de vida. Dientes: Suelen estar relacionados con la vida sexual del individuo. Freud fue quien estableció esta curiosa correspondencia que aún mantienen los psicoanalistas clásicos. Sus seguidores interpretan la caída de los dientes como un complejo de castración. Los menos radicales la asocian con la pérdida de autoestima. Autoridad: Freud consideraba que los patronos, jefes políticos o emperadores simbolizan la represión paterna que sufre el sujeto durante la infancia. Normalmente reflejan un deseo de romper ataduras familiares. Animales: En general simbolizan al propio sujeto. Si están airados, por ejemplo, reflejan su agresividad contenida. Para la escuela freudiana, gusanos, lombrices, chinches y pulgas encarnan a los hermanos del durmiente. Estos también suelen presentarse bajo la apariencia de compañeros de estudio o de trabajo. Multitudes: En un sueño, todo grupo compuesto por más de tres individuos se considera multitud. Aparecen cuando el sujeto se enfrenta a la responsabilidad de tomar una decisión. Cada personaje refleja un punto de vista distinto ante el mismo problema. | |||
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